Sudáfrica: Esperanza e incertidumbre tras el adiós a Madiba
El “tata”, como así lo llamaba afectuosamente el pueblo sudafricano, se convierte en un hito pero, también, en el pasado de un país que lejos de poseer una democracia consolidada, lucha aún contra la desigualdad, legado del “apartheid” y de más de 80 años de segregación racial.
Nelson Mandela falleció el pasado 5 de diciembre a los 95 años de edad. Sudáfrica, conmocionada, rindió un homenaje sin precedentes al héroe que dedicó su vida a reivindicar las libertades de los negros en un país en el que la minoría blanca imponía sus leyes.
El héroe de Sudáfrica
Símbolo de paz y de igualdad, Nelson Rolihlahla Mandela (1918-2013) dedicó sus años de juventud a la militancia de un partido que algunos países europeos tildaban de “terrorista”, debido a sus afinidades con el Partido Comunista y con la URSS.
El Congreso Nacional Africano, surgió como un movimiento de izquierdas que promovía los derechos de los nativos y la erradicación de la violencia por parte de los “afrikáners”, herederos de los colonos holandeses que institucionalizaron la desigualdad mediante leyes que prohibían la entrada a los negros a determinados lugares, además de negar su derecho a sufragio.
En 1962, Mandela fue condenado a cadena perpetua por incitar a los trabajadores a hacer huelga en uso de unas libertades que les eran privadas. Tras más de 27 años en prisión, el panorama que se fraguaba en Sudáfrica ya no era el mismo.
La crisis del apartheird
Fue a partir de 1985 cuando la elite blanca del apartheid sufrió los primeros estragos. Si por la década de los 60, constituían alrededor del 20% de los habitantes, dos décadas después su población se reducía prácticamente a la mitad. A esto se sumó la retirada de la ayuda financiera soviética y norteamericana al gobierno sudafricano. Y la culminación, en 1988, de las negociaciones de paz que ponen fin a la guerra en Namibia.
Un año después el presidente Botha, promovedor de los ideales del apartheid, sufre un ataque de apoplejía y es reemplazado por su ministro, por aquel entonces conservador, Frederik De Klerk.
Antes que el “tata”, este hombre fue el primero en tomar medidas contra el aparato estatal e ideológico que imperaba en Sudáfrica, manteniendo las primeras negociaciones con otros políticos blancos para poner fin a la legislación racista, vigente durante cuarenta años.
Fue De Klerk el que volvió a legalizar el Congreso Nacional Africano y provocó la liberación de Nelson Mandela, junto a otros 120 integrantes del ANC a comienzos de los 90. En 1993 ambos recibieron el Premio Nobel de la Paz.
Este año no sólo fue el más importante para el que se convirtió en presidente, sino también para el pueblo africano, que por primera vez sintió la igualdad, al menos, en las urnas.
Primer presidente negro en un país africano. Algo que desde Europa se vería como un triunfo personal, Sudáfrica lo vivió como el comienzo de la primavera pre-democrática. No obstante, Mandela tan sólo estuvo en el poder durante cinco años, una legislatura, que si bien sirvió para derogar leyes racistas y proclamar cambios a favor de la igualdad, no creó los cimientos suficientes para consolidar la joven democracia a la que hacía frente el país.
Fueron muchos halagos y premios los que recibió Madiba a lo largo de su trayectoria política, sin embargo, el poder, como el mismo supo reconocer, no lo había dejado en buenas manos. Su ex-mujer, Winnie Mandela, la que era activista del CNA, durante la candidatura del actual presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, fue condenada por graves delitos de corrupción. Para mayor gravedad, Zuma, del mismo modo fue acusado por los mismos motivos.
No hay mejor manera para detectar los problemas que sufre una sociedad que observarla y escuchar sus voces. Los abucheos que se produjeron durante el homenaje de despedida a Mandela, hacia el actual presidente, proclamaban inconformismo y desconfianza. Significó toda una expresión de descontento generalizado que los medios de comunicación, una vez más, obviaron bajo un pequeño rótulo que no demandaba explicación alguna.
Quizá algunas de las explicaciones puedan residir en los siguientes argumentos: Sudáfrica hoy es el segundo país más pobre del mundo según datos de la CNN. Nos encontramos con un 23% de desempleados, de los cuales los jóvenes constituyen el 50%.
Remitiéndome al archivo de RTVE en 2010, aparecían muchos testimonios que avalan que hoy sigue presente la desigualdad social entre negros, mulatos y blancos. Puesto que los mulatos, hoy, conforman el 46% de la sociedad. Tras las voces al parecer existe una jerarquía invisible en la que blancos y mulatos poseen mayor reconocimiento social y estatus frente a la población negra.
Sin embargo, muchos advierten que esta situación cambia con las generaciones y el transcurso del tiempo, oponiendo la mentalidad de los jóvenes frente a la de los ancianos, donde aún quedan resquicios de rencor hacia los antiguos enemigos.
Las diferencias económicas entre unos y otros, por desgracia, se convierten en una barrera más. La cualificación de la sociedad negra normalmente es menor que la de los blancos, por lo que alcanzan puestos de trabajo más precarios que no les permiten grandes sueldos. Este hecho conlleva a que la situación de la vivienda tampoco sea equitativa, mientras los guetos están repletos de los más desfavorecidos, el centro urbano lo invaden los blancos.
Las relaciones entre blancos y negros siguen sin verse con normalidad. Las familias no suelen tolerar que las parejas de diferente raza cumplan el deseo de casarse, ya que la tradición y las costumbres son demasiado diferentes.
Estos y otros muchos matices son a los que se enfrenta hoy una Sudáfrica sin padre, la cual podrá llegar a culminar el sueño de un Madiba esperanzado, no sin esfuerzo ni voz.
Un año después el presidente Botha, promovedor de los ideales del apartheid, sufre un ataque de apoplejía y es reemplazado por su ministro, por aquel entonces conservador, Frederik De Klerk.
Antes que el “tata”, este hombre fue el primero en tomar medidas contra el aparato estatal e ideológico que imperaba en Sudáfrica, manteniendo las primeras negociaciones con otros políticos blancos para poner fin a la legislación racista, vigente durante cuarenta años.
Fue De Klerk el que volvió a legalizar el Congreso Nacional Africano y provocó la liberación de Nelson Mandela, junto a otros 120 integrantes del ANC a comienzos de los 90. En 1993 ambos recibieron el Premio Nobel de la Paz.
1994: Primeras elecciones democráticas en Sudáfrica
Este año no sólo fue el más importante para el que se convirtió en presidente, sino también para el pueblo africano, que por primera vez sintió la igualdad, al menos, en las urnas.
Primer presidente negro en un país africano. Algo que desde Europa se vería como un triunfo personal, Sudáfrica lo vivió como el comienzo de la primavera pre-democrática. No obstante, Mandela tan sólo estuvo en el poder durante cinco años, una legislatura, que si bien sirvió para derogar leyes racistas y proclamar cambios a favor de la igualdad, no creó los cimientos suficientes para consolidar la joven democracia a la que hacía frente el país.
Fueron muchos halagos y premios los que recibió Madiba a lo largo de su trayectoria política, sin embargo, el poder, como el mismo supo reconocer, no lo había dejado en buenas manos. Su ex-mujer, Winnie Mandela, la que era activista del CNA, durante la candidatura del actual presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, fue condenada por graves delitos de corrupción. Para mayor gravedad, Zuma, del mismo modo fue acusado por los mismos motivos.
La Sudáfrica de hoy
No hay mejor manera para detectar los problemas que sufre una sociedad que observarla y escuchar sus voces. Los abucheos que se produjeron durante el homenaje de despedida a Mandela, hacia el actual presidente, proclamaban inconformismo y desconfianza. Significó toda una expresión de descontento generalizado que los medios de comunicación, una vez más, obviaron bajo un pequeño rótulo que no demandaba explicación alguna.
Quizá algunas de las explicaciones puedan residir en los siguientes argumentos: Sudáfrica hoy es el segundo país más pobre del mundo según datos de la CNN. Nos encontramos con un 23% de desempleados, de los cuales los jóvenes constituyen el 50%.
Remitiéndome al archivo de RTVE en 2010, aparecían muchos testimonios que avalan que hoy sigue presente la desigualdad social entre negros, mulatos y blancos. Puesto que los mulatos, hoy, conforman el 46% de la sociedad. Tras las voces al parecer existe una jerarquía invisible en la que blancos y mulatos poseen mayor reconocimiento social y estatus frente a la población negra.
Sin embargo, muchos advierten que esta situación cambia con las generaciones y el transcurso del tiempo, oponiendo la mentalidad de los jóvenes frente a la de los ancianos, donde aún quedan resquicios de rencor hacia los antiguos enemigos.
Las diferencias económicas entre unos y otros, por desgracia, se convierten en una barrera más. La cualificación de la sociedad negra normalmente es menor que la de los blancos, por lo que alcanzan puestos de trabajo más precarios que no les permiten grandes sueldos. Este hecho conlleva a que la situación de la vivienda tampoco sea equitativa, mientras los guetos están repletos de los más desfavorecidos, el centro urbano lo invaden los blancos.
Las relaciones entre blancos y negros siguen sin verse con normalidad. Las familias no suelen tolerar que las parejas de diferente raza cumplan el deseo de casarse, ya que la tradición y las costumbres son demasiado diferentes.
Estos y otros muchos matices son a los que se enfrenta hoy una Sudáfrica sin padre, la cual podrá llegar a culminar el sueño de un Madiba esperanzado, no sin esfuerzo ni voz.










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